sábado, 29 de marzo de 2014

El telégrafo, Sarmiento y la Sociedad Rural

Quienes hacemos trabajo editorial lo sabemos: los cierres siempre son injustos. Uno nunca llega con todo lo que quiere escribir. En Historia de los medios de comunicación, donde queda claro que el telégrafo fue una tecnología bélica y al servicio del capitalismo moderno, me quedé con ganas de escribir con más detalle una bajada local sobre el tema.
En su variante eléctrica, el telégrafo llega a la Argentina en la segunda mitad del siglo XIX, cuando el país estaba atravesando profundas transformaciones. Se perfilaba un Estado moderno con un rol asignado en el mercado mundial: la producción agropecuaria. No es casual que la trayectoria del telégrafo se mezcle, por ejemplo, con la de la Sociedad Rural.

Esta historia tiene algunos nombres propios que son significativos. Aunque la idea no es quedarse con los nombres, sino con las posiciones sociales, las ideologías, los discursos y las acciones.
El primero es Richard Black Newton (1801-1868), un inglés reconocido como “el introductor del alambrado” en Argentina, algo que algunos piensan –ideología mediante- como un gran mérito.  Y adivinen qué: fue, además, uno de los fundadores de la Sociedad Rural Argentina.

¿Cuándo se instaló ese primer alambrado? En 1845. El país estaba perfilándose como Estado moderno liberal, inserto en el mercado mundial con un rol dependiente, basado en la exportación de materias primas. Un país proyectado con desigualdades internas: los que tienen y los que no tienen. Los que están de un lado y del otro del cerco.
Así es que en 1845, Black Newton compró 100 atados de 150 yardas cada uno, y cercó la quinta, el parque y el monte de su estancia en el partido de Chascomús, a orillas del río Samborombón. Era un alambre bastante básico. Tres décadas más tarde, en Estados Unidos se inventó el alambre de púa, un hito en el cercamiento de campos, que en Argentina comenzó a utilizarse hacia fines de la década de 1880. En su Instrucción del estanciero (1882) José Hernández, el autor del Martín Fierro, afirmaba que “la modificación de mayor consecuencia introducida en la industria rural ha sido la de los alambrados”.  Y en esa misma época, Sarmiento se quejaba de los agricultores pampeanos que no cercaban sus terrenos. Asociaba el alambrado a la civilización. Lo contrario: el vagabundeo, el robo de ganado, la barbarie. “Enriquézcanse, no sean zonzos. Cerquen, no sean bárbaros!”, instaba el propio Sarmiento a los estancieros, según consta en las notas biográficas de su nieto, Augusto Belin Sarmiento.

Insisto en esto: estamos hablando de mediados del siglo XIX, hace poco más de 150 años. Si el hombre que es considerado el introductor del alambrado, alambró en 1845, quiere decir que antes de 1845 no había alambres demarcando la propiedad privada. Dos décadas después, en 1866, se fundó la Sociedad Rural Argentina. Tenía trece fundadores. Uno era Richard Newton, que ejerció la vicepresidencia.

En un libro titulado Sarmiento y las telecomunicaciones. La obsesión del hilo, en el que Horacio Reggini ensalza la figura de Sarmiento y otros de su generación, adhiriendo a su matriz ideológica del “progreso”, sostiene que la “obsesión por hilo” tenía dos facetas: el hilo de los alambrados y el hilo del telégrafo.  “Ambos poseen connotaciones similares: contribuyeron decisivamente a transformar el ambiente anterior, creando uno nuevo de cualidades muy distintas”, escribe Reggini (y dice más: según él, “los hilos del alambrado fueron en cierta forma equivalentes a los hilos del telégrafo”, porque “establecieron una diferencia insalvable entre ´los que están fuera´ y ´los que están dentro´”. La brecha era legal, cultural y tecnológica. Era la propiedad y era la comunicación. “Ambos alambres dejaron afuera a la ´barbarie´ y dieron paso a la ´civilización´”, dice Reggini, bien sarmientino).

Sarmiento –durante su presidencia, que fue de octubre de 1868 a octubre de 1874- fue el gran impulsor del telégrafo. Lo promocionaba hacía tiempo, incluso en momentos en que el Estado nacional todavía era reacio a su implementación en el país.
En 1857, cuando Sarmiento ya se desempeñaba como redactor en jefe, el diario El Nacional publicó una nota que destacaba el “nuevo sistema que puede ser de grande utilidad para los ejércitos y para las exploraciones científicas”, que ya extendía en el mundo central. Al año siguiente, de hecho, se hizo el primer gran intento de conexión internacional (entre Irlanda y Terranova), que dejó de funcionar a los 15 días de su colocación. El enlace transatlántica exitoso se lograría en 1866, conectando desde entonces las bolsas de Nueva York, Londres, Paris, Bruselas; agilizando el comercio internacional de un modo antes impensado. Fue precisamente la época en que Sarmiento residía en Estados Unidos, enviado como Ministro Plenipotenciario.

No es casual que el gran impulso para la instalación extendida del telégrafo en Argentina haya ocurrido durante su presidencia, a partir de 1868. Una década antes, Mitre había rechazado un pedido para atravesar el territorio del Estado con una línea telegráfica.
Pedidos relacionados a la instalación del telégrafo hubo desde principios de la década de 1850. Sin embargo, fue recién en mayo de 1860, con la inauguración del trayecto Merlo-Moreno del ferrocarril del Oeste, cuando comenzó a funcionar la primera línea telegráfica pública: 21 kilómetros de hilos, que acompañaban a los rieles.
Luego, igual que había sucedido en Europa, la guerra fue un impulso para el telégrafo. Es decir, el telégrafo funcionó también aquí como tecnología bélica, en las dos intervenciones genocidas que protagonizó el Estado argentino.
La primera: la guerra de la infame Triple alianza que Argentina, Brasil y Uruguay, al servicio del imperialismo británco, llegaron a cabo para aplastar a Paraguay (1864-1870). Para mantener una comunicación permanente en el frente de batalla, se empleó un “tren telegráfico” que acompañaba el desplazamiento de las tropas.
Unos años más tarde, la guerra contra los pueblos originarios –en la eufemísticamente llamada “Campaña del Desierto”- motorizaría la ampliación de las conexiones hacia el sur del país. El avance de las líneas telegráficas era el avance de las tropas.
En el sudoeste de la Provincia de Buenos Aires, en el partido de Villarino, hay una localidad llamada Mayor Buratovich. Quizás alguno la conozca. Esa localidad toma el nombre de un militar, que llegó a Buenos Aires en 1869, ingresó al Ejército en 1875 y participó de la campaña de Roca como ingeniero y como soldado. Lo apodaban “el Gringo de los postes”. Estuvo encargado de dirigir el tendido de las primeras líneas de telégrafos de las tropas que llegaban a Carhué, uno de los últimos bastiones de la resistencia mapuche. En abril de 1880, bajo las órdenes del coronel Villegas, trabajó en la construcción de la línea telegráfica de Bahía Blanca a Patagones, y luego hacia Choele-Choel, a Neuquén, por la margen izquierdo del Río Negro. El telégrafo llegó a Río Negro en 1881.
Y acá también hay que hablar de la Sociedad Rural. No olvidemos que las leyes posteriores a la autodenominada Conquista del Desierto enajenaron unas 34 millones de hectáreas. Sólo 24 personas obtuvieron parcelas que oscilaron entre las 200 y las 650 mil hectáreas. En ese reparto intervenía el lobby de la SRA..

Volvamos a Sarmiento. Cuando este dirigente político –que la historia oficial nos ha estampado como “el padre de la escuela”- asumió la presidencia había dos líneas telegráficas en funcionamiento: la que acompañaba al Camino de Hierro del Oeste –el ferrocarril que unía Buenos Aires y Moreno- y el cable submarino hacia Montevideo. Dos años después, ya funcionaban 836 millas telegráficas y había otras 1000 en vías de construcción.
Sarmiento identificada varios “medios de acción que aceleran el movimiento de los pueblos”: el telégrafo, el ferrocarril, el correo, la moneda decimal, el alumbrado de gas, los molinos y las prensas mecánicas.
Ese 1873, en su mensaje anual al congreso, Sarmiento dijo: “El telégrafo es una forma de correspondencia epistolar cuya transmisión es función nacional. Casi todas las potencias continentales de Europa hicieron del telégrafo un ramo de la administración pública…”. Ese año se anunció que ya había construidas 4000 millas. La expansión telegráfica en esos años fue una vorágine. De hecho, su ministro y hombre de confianza Dalmacio Vélez Sarsfield fue increpado por la oposición por haber utilizado partidas reservadas para la construcción de puentes y caminos. Fue en esa ocasión que Vélez dijo ante los legisladores una frase emblemática: “los telégrafos también son caminos; son los caminos de la palabra”.
Sarmiento coronó el final de su gestión con la puesta en marcha de la “conexión de Argentina con el mundo”. Fue el 5 de agosto de 1874, anunciado con toda pompa –ese día fue declarado feriado- y con un signo político claro. Ese día, tras la inauguración, Sarmiento saludó por vía telegráfica: a la Reina Victoria, al Papa Pío IX, al monarca lusitano, al emperador alemán Guillermo I, al presidente de Francia, al rey de Italia, al presidente de España, al presidente de la República Oriental y al presidente de los Estados Unidos. El jefe de Estado norteamericano le escribió: “al terminar mi gobierno dejo mi país en contacto con todas las naciones. La República Argentina está desde hoy a las puertas de los Estados Unidos”.

Como se sabe, en todo el mundo el impulso del telégrafo tuvo dos grandes motivaciones: una bélica, otra comercial.
La dimensión bélica del telégrafo argentino ya la hemos mencionado. Y no hay que ser inocentes en este sentido: lo bélico es también lo económico. La historia de la expansión del telégrafo hacia nuevas regiones es la historia del avance de los ejércitos, y esa historia se explica por el avance de la frontera agrícola.
En tanto, para entender la dimensión comercial de nuestro telégrafo hay que pensar la inserción en el mercado mundial. No es casual que las conexiones telegráficas fueran directo a las grandes bolsas comerciales. A partir del telégrafo, la venta de granos empezó a hacerse antes de que llegaran al puerto de destino; incluso antes de ser cosechados.
En ese sentido, en su libro De los quipus a los satélites: historia de la tecnología en la Argentina, Tomás Buch y Carlos Solivérez destacan cuatro grandes componentes que posibilitaron el desarrollo económico capitalista del país en la última parte del siglo XIX: los ferrocarriles, el frigorífico, la navegación a vapor y el telégrafo: “Ninguno de esos elementos tuvo su origen en nuestra nación, pero sus efectos fueron profundos: cambiaron toda la estructura productiva del país y lo implantaron firmemente en una economía ya mundializada”, escriben.
En eso pensaban Sarmiento primero y Avellaneda luego cuando impulsaron y legislaron el telégrafo. Entre uno y otro goberno, cabe recordar, hubo un levantamiento encabezado por Bartolomé Mitre (que había ocupado antes la presidencia, hasta 1868), expresión de una de las crisis que la élite gobernante atravesó en esa época. Sarmiento lo derrotó poco antes de entregar el gobierno. En esa ocasión, el delegado norteamericano Thomas Osborn informó a su gobierno que el golpe de Mitre había sido “vencido por el ferrocarril, el telégrafo y los Remington”.
Cuando asumió la presidencia, Avellaneda unificó Correos y Telégrafos en una misma dependencia y designó como Director General a Eduardo Olivera: uno de los trece fundadores de la Sociedad Rural, que había sido su primer presidente, secundado por el gringo que trajo el alambrado a la Argentina.

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