


________[ crónicas, ensayos y citas ]_
Quisiera contar, por segunda vez, el cuento de la Bella Durmiente.
Ella dormía en su seto de zarzas. Y luego, al cabo de equis años, se despierta.
Pero no la despierta el beso de un príncipe feliz.
La ha despertado el cocinero, al darle al pinche la sonora bofetada que retumbó por el todo el palacio con toda la fuerza acumulada durante tantos años.
Una hermosa criatura duerme tras el seto espinoso de las páginas siguientes.
Que no se le acerque ningún príncipe azul pertrechado con las deslumbrantes armas de la ciencia. Pues, al darle el beso, le ha de clavar los dientes.
Es, antes bien, el autor quien, como jefe de cocina, se ha reservado para sí el derecho a despertarla. Ya va siendo hora de que la bofetada resuene por las estancias de la ciencia.
Entonces despertará también esta pobre verdad que se pinchó con la anticuada rueca cuando se disponía, indebidamente, a tejerse en el desván de un talar profesoral.
Muy poquitos leyeron el texto o vieron pruebas de diseño.
Algunos otros saben del proyecto, aunque lo comentamos poco para no quemarlo.
Varios supieron recién cuando todo permitía suponer al texto en imprenta.
Se generó, incluso, un poco de expectativa. Una amiga que escuchó en que andábamos y estaba organizando una mesa de debate, cursó una invitación para dar una charla.
En estos días, a lo sumo hoy (15/09/08), estarían rodando algunos miles de ejemplares de “Lápices”, un librito ilustrado sobre una historia que no es pura noche y que no empieza –ni termina– el 16 de septiembre de 1976.
Llevaría el sello de la Jefatura de Gabinete municipal. La iniciativa no se acordó hace tanto, por eso el apuro y el trabajo los fines de semana. Un período corto pero intenso: entre idas y vueltas el librito tiene decenas de horas de laburo encima. Gustó. “Cambiemos este dato, porque también vamos a distribuirlo a nivel nacional”, dijo uno e inflaron más el globo. Se trabajó en consecuencia. Siguió gustando. Se logró un buen producto. Y a tiempo: hace diez días, por lo menos, estaba en condiciones de entrar en imprenta.
Nunca llegó. ¿Por qué? La gran incógnita. Si alguno la devela, nos hace un favor. Los teléfonos no atienden (los que deberían atender; los que antes atendían) y cada respuesta elusiva es más decadente. Como si fuera un concurso de desidia. Siempre es decadente cuando no ponen la cara.
Sobre todo cuando del otro lado pusieron todo. Así fue. Le robamos tiempo al tiempo. Lo que laburó Juan, el ilustrador, es impresionante. Hizo y rehizo con oficio apasionado. Incentivó las correcciones y las sintió propias; buscó mejorar el trabajo por su cuenta en varias trasnoches.
Conocer a Juan es, quizá, lo más positivo del trago amargo.
El resto da bronca. Da bronca el manoseo y la falta de respeto por el trabajo y el compromiso del otro. Manejan la cosa pública con una improvisación pavorosa y se excusan –y a veces los excusamos– hablando de un terreno minado, de un sitio a conquistar donde cada armario guarda una trampa del enemigo. Apelan a la gran frase: estamos disputando. Entonces aceptamos el desorden, los trabajos apurados, algunas directivas contradictorias y la incertidumbre del pago tardío porque, claro, están disputando ese espacio para que podamos construir un mundo mejor. Eso da bronca: que militen “para el pueblo” bastardeando al trabajo ajeno; que se crean que están haciendo la revolución y no sean capaces de explicarse ni siquiera ante alguien que se supone afín. Da bronca confirmar lo que uno sospecha de tanto en tanto: que esos tipos jamás harán una revolución. Quizá consigan poder, más poder, pero cuando lo tengan ya no querrán hacerla.
En fin, tengo un poco de bronca.
También tengo un texto inédito sobre la militancia estudiantil secundaria en los ´70, escrito a las apuradas pero con cuidado y entusiasmo.
Y tengo el teléfono de un ilustrador con el que quizá vuelva a trabajar (Buen tipo. En este momento está bastante más enojado que yo).
Tengo nuevas razones para no confiar, y sin embargo no impedirán que vuelva a hacerlo (cuando crea estar compartiendo un horizonte y cuando el camino hacia allá implique algo que me gusta, como escribir).
Sigo teniendo ganas de escribir. De mandarlos a la puta que lo parió, dar vuelta la página y seguir apuntando historias.
"...¿Qué le gusta a la gente? Evitemos, por esta vez, discutir la ficción de hablar de ´la gente´ como algo existente y homogéneo. ¿Qué quiere ese sujeto que llamamos gente? Nos preguntamos eso muchas veces, en la redacción de La Pulseada, cuando nos llegan críticas porque la revista habla de temas que ´no le interesan a la gente´ (…)
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Pero si ´lo que interesa´ está dicho de antemano, la historia silenciada de un pibe pobre desaparecido por la policía nunca podrá ser noticia. ¿A quién le interesa? A nosotros nos interesa (…)
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