
Escribí esa palabra,
carnaval, en dos textos recientes de este blog. Invitaba a pensar qué cosas, como jugar un picadito o circular una calle comercial sin dinero para comprar, podrían ser reprimidas si el Código Contravencional mentado por Scioli y Stornelli se aprobara.
Aquellos carnavales... dirá alguien, quizá un nostálgico, de esos que creen que todo tiempo pasado fue mejor
y que
carnavales eran los de antes.Acá mismo donde escribo, en La Plata, durante varias décadas del siglo XX el carnaval fue una celebración pública masiva. La Municipalidad montaba líneas de lamparitas de colores entre los árboles de la avenida 7, desde la Plaza Italia hasta la Plaza Rocha, por donde circulaban los corsos y las comparsas. También instalaba y alquilaba palcos de madera (Obviamente, las costosas ubicaciones preferenciales permitían a la aristocracia platense seguir ostentando sus posiciones de clase). Los comercios vendían papel picado, serpentinas, pomos de agua perfumada, antifaces y máscaras. La participación era masiva.
La cosa no siempre fue fácil, claro. En 1931 -por ejemplo-, mientras regía del estado de sitio dispuesto por un gobierno de facto, se prohibió usar antifaces y caretas (léase: Scioli y Stornelli no inventaron la pólvora).
En los ´50 la fiesta se desplazó a la calle 12, pero el baile seguía. Los clubes de barrios organizaban sus movidas. Se lucían las orquestas locales. De aquella historia apenas queda la irreverencia de las bombitas de agua algunos días de verano.
La dictadura, con la represión feroz y la clausura del espacio público, dio un golpe fulminante. La mediatización del entretenimiento, hay que decirlo, también hizo lo suyo. La fiesta quedó herida. Desde los ´90, las murgas intentan recuperarla y –por suerte, también- reinventarla con otros colores. Y en esa movida, de un tiempo a esta parte la “restitución del feriado” se ha vuelto una reivindicación primaria, innegociable, como si fuera la educación pública o la justa distribución del ingreso.
No viene mal recordar –como ejercicio autocrítico sobre nuestras banderas- el origen católico de aquel feriado. Cosa e´mandinga, las cosas que logró la dictadura: que nos suene progresista reclamar por una fiesta con determinaciones religiosas.
Porque si este fin de semana fuera largo, quiero decir, si los próximos lunes y martes fueran feriados, sería porque faltan cuarenta días para las Pascuas.
“Carnaval” significa, en latín, algo así como
“adiós a la carne". Se trata de una festividad de tres días que anticipa una prohibición de cuarenta. A este tiempo de las “carnestolendas” –como se lo llama- en el que se satisfacen las necesidades del cuerpo, le sigue la cuaresma, tiempo de los ayunos y las abstinencias, sacrificios previos a la Semana Santa, de cuyo sentido litúrgico estamos más o menos al tanto.
La Iglesia no lo dirá así, pero lo que hay este domingo, lunes y martes es una suerte de
permiso para pecar. Son días para una
transgresión autorizada. A ese carnaval le sigue, según el ritual, el
miércoles de ceniza: los católicos se confiesan y reciben su castigo, su penitencia. La Iglesia les dice, ese día:
“Acuérdate de que eres polvo y en polvo te vas a convertir” (disculpen mi ignorancia pero ¿eso no contradice todo el asunto del paraíso?).
Claro que sobre esa historia se ha tejido otra, la de la experiencia vivida de comparsas y regocijos, risas y colores. La historia de algo que
“no se contempla, se vive en él, se vive la vida carnavalesca”, como apuntó Mijail Bajtin hace muchas décadas, al estudiar esta forma de expresión de la vida popular. El carnaval como contacto libre y protagonismo en la multitud. El agolpamiento, el goce; los cuerpos sudados que se aproximan, se acarician, se tocan. Los gestos, las risas. Los excesos y la burla a la autoridad.
Quedamos entonces en una disyuntiva. ¿Realmente queremos un feriado cuyo lugar en el calendario lo define la regulación católica del (poco) goce y el (mucho) castigo? A eso, yo digo que no. Pero si se trata de permitir la alegría sin jerarquías, invitar al baile colectivo y promover una interpelación blasfema, claro que sí, de acuerdo. Pero como en el dicho y el tango: que todo el año sea carnaval.