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lunes, 1 de noviembre de 2010

Scioli mete miedo

Este miércoles a las 10.00 horas arrancan en la Legislatura bonaerense audiencias públicas sobre el proyecto de reforma del Código Contravencional. Desde este humilde blog, adherimos a un NO rotundo al proyecto oficial. La nota que se transcibe a continuación salió en La Pulseada de abril. Después cayó Stornelli y se guardaron el proyecto... por un ratito.

[Otras notas de este blog sobre el Código, acá]

El gobernador amagó con la idea a fines de 2009, pero encontró resistencia en el propio oficialismo. Cuando todos creían cajoneado su proyecto, volvió a carga al abrir las sesiones de la Legislatura. Apeló al fantasma de la inseguridad para prometer soluciones, falseando los alcances del Código.

“La Legislatura debe aprobar un nuevo Código Contravencional. Es hora de desideologizar el tema. Los delincuentes no les preguntan a sus víctimas su pertenencia política”, chicaneó el gobernador Scioli en su discurso de apertura de las sesiones ordinarias de la Legislatura.
Con su mensaje, no sólo intento tapar el signo político de su iniciativa, sino que repitió una idea tramposa que hace rato divulga junto a su ministro Carlos Stornelli: la falacia de que esa ley permitirá castigar delitos. En rigor, los códigos contravencionales, también llamados “códigos de faltas”, regulan la presencia de los ciudadanos en el espacio público. Aluden a la “moralidad”, a reglas de convivencia social. Los delitos, en cambio, son tipificados por la legislación penal, que tiene otro tenor.
“¿Queremos a los delincuentes peligrosos sueltos? Hay determinadas conductas que exigen que uno haga una reforma al Código Contravencional, porque no nos estamos enfrentando al mismo tipo de infracciones que cuando el actual Código se impulsó”, confundió los tantos Scioli, aprovechando la preocupación de buena parte de la población por la inseguridad. Y dejó entrever un razonamiento grotesco, pues según el gobernador, alguien que escucha música fuerte sería un potencial asesino: “Atacamos los pequeños focos de conflicto para evitar que se conviertan en problemas mayores… este método, probado con creces en el mundo entero, es la base de la reforma al Código Contravencional que pido sea debatida por esta Legislatura”.

Pero la propuesta oficial no es obra de la ignorancia, sino un nuevo movimiento para darle más poder a la Policía bonaerense. Uno de los aspectos más opacos de cualquier Código Contravencional es que se basa en la sospecha.
La tentativa se inscribe entonces en lo que de un tiempo a esta parte, entre los penalistas críticos, se ha llamado derecho del enemigo: una barrabasada jurídica que aplasta todas las convenciones de derechos humanos habidas y por haber. Esa modalidad de la legislación se ha extendido en los últimos tiempos con la excusa de perseguir al “terrorismo”, aunque en la práctica instituye mecanismos para reprimir la pobreza y el disenso social. La idea es que el derecho penal del enemigo no persigue actos, sino actores. Personas. Ciudadanos. ¿Por qué? No por lo que hicieron, sino por lo que podrían haber hecho o quizás harían.
No es antojadizo inscribir al proyecto del gobernador bonaerense en esa línea de una acción punitiva basada en la sospecha. En su primera versión, que cosechó decenas de críticas, incluía la retrógrada figura del “merodeo”. Proponía castigar a quien “merodeare o permaneciere sin causa justificada en las inmediaciones de un inmueble, de un vehículo o de un establecimiento de cualquier naturaleza en forma susceptible de causar alarma o inquietud a sus propietarios, ocupantes, encargados, vecinos o transeúntes”. Lo cierto es que la condición del merodeador no puede ser definida sino por quien aplica la norma. Todos andamos por la calle y rondamos inmuebles y cosas, pudiendo generar inquietud a particulares. Merodear es, en la lógica de nuestras sociedades capitalistas, andar sin consumir. Merodear sería, en una aplicación bonaerense de la ley, circular por el centro siendo morocho.
Buena parte de las contravenciones constituyen lo que en derecho se denomina “figuras de tipo penal abierto”: la falta no está definida en los papeles de un modo preciso, quedando a discreción de quien interpreta la ley.
En una sociedad prejuiciosa y atemorizada, la sospecha no tiene límites. A fines del año pasado, cuando el proyecto se anunció por primera vez y ni siquiera alcanzó estado legislativo, se multiplicaron los llamados al 911 denunciando la presencia de “merodeadores”.

Por si eso fuera poco, hay que considerar quiénes son los encargados del orden. Porque si los medios comerciales y buena parte de la temerosa clase media son quienes animan la respuesta represiva, la aplicación del Código estará en manos de la Policía bonaerense. El ejercicio de aquella sospecha se resume entonces en la arbitrariedad policial. Es fácil imaginar cómo sigue la historia: serán declarados contraventores la trabajadora sexual que no pague la cuota por estar en la calle, el pibe que no robe para el comisario, el fotógrafo que registre una feroz represión…
Todo eso y más es factible según la letra del proyecto oficial. Interpretadas con el Código en mano, muchas acciones cotidianas y tradicionales podrían ser consideradas faltas: las despedidas de solteros o el armado de los muñecos de fin de año, por ejemplo. El propio Papa Noel sería un contraventor, como advertía el texto que circuló digitalmente el verano pasado. El delirio punitivo incluye también la posibilidad de arresto a quienes con la venta de alcohol pudieran contribuir a la borrachera de alguna persona.
Habrá que estar atentos. En cualquier momento, ante una “ola de inseguridad” exaltada por los medios, volverán a requerir “mayor poder de fuego”. Y una vez más prometerán seguridad, sin ningún éxito, y quitarán libertad, sin ningún freno.

viernes, 12 de febrero de 2010

Carnaval

Escribí esa palabra, carnaval, en dos textos recientes de este blog. Invitaba a pensar qué cosas, como jugar un picadito o circular una calle comercial sin dinero para comprar, podrían ser reprimidas si el Código Contravencional mentado por Scioli y Stornelli se aprobara.
Aquellos carnavales... dirá alguien, quizá un nostálgico, de esos que creen que todo tiempo pasado fue mejor y que carnavales eran los de antes.
Acá mismo donde escribo, en La Plata, durante varias décadas del siglo XX el carnaval fue una celebración pública masiva. La Municipalidad montaba líneas de lamparitas de colores entre los árboles de la avenida 7, desde la Plaza Italia hasta la Plaza Rocha, por donde circulaban los corsos y las comparsas. También instalaba y alquilaba palcos de madera (Obviamente, las costosas ubicaciones preferenciales permitían a la aristocracia platense seguir ostentando sus posiciones de clase). Los comercios vendían papel picado, serpentinas, pomos de agua perfumada, antifaces y máscaras. La participación era masiva.
La cosa no siempre fue fácil, claro. En 1931 -por ejemplo-, mientras regía del estado de sitio dispuesto por un gobierno de facto, se prohibió usar antifaces y caretas (léase: Scioli y Stornelli no inventaron la pólvora).
En los ´50 la fiesta se desplazó a la calle 12, pero el baile seguía. Los clubes de barrios organizaban sus movidas. Se lucían las orquestas locales. De aquella historia apenas queda la irreverencia de las bombitas de agua algunos días de verano.
La dictadura, con la represión feroz y la clausura del espacio público, dio un golpe fulminante. La mediatización del entretenimiento, hay que decirlo, también hizo lo suyo. La fiesta quedó herida. Desde los ´90, las murgas intentan recuperarla y –por suerte, también- reinventarla con otros colores. Y en esa movida, de un tiempo a esta parte la “restitución del feriado” se ha vuelto una reivindicación primaria, innegociable, como si fuera la educación pública o la justa distribución del ingreso.

No viene mal recordar –como ejercicio autocrítico sobre nuestras banderas- el origen católico de aquel feriado. Cosa e´mandinga, las cosas que logró la dictadura: que nos suene progresista reclamar por una fiesta con determinaciones religiosas.
Porque si este fin de semana fuera largo, quiero decir, si los próximos lunes y martes fueran feriados, sería porque faltan cuarenta días para las Pascuas. “Carnaval” significa, en latín, algo así como “adiós a la carne". Se trata de una festividad de tres días que anticipa una prohibición de cuarenta. A este tiempo de las “carnestolendas” –como se lo llama- en el que se satisfacen las necesidades del cuerpo, le sigue la cuaresma, tiempo de los ayunos y las abstinencias, sacrificios previos a la Semana Santa, de cuyo sentido litúrgico estamos más o menos al tanto.
La Iglesia no lo dirá así, pero lo que hay este domingo, lunes y martes es una suerte de permiso para pecar. Son días para una transgresión autorizada. A ese carnaval le sigue, según el ritual, el miércoles de ceniza: los católicos se confiesan y reciben su castigo, su penitencia. La Iglesia les dice, ese día: “Acuérdate de que eres polvo y en polvo te vas a convertir” (disculpen mi ignorancia pero ¿eso no contradice todo el asunto del paraíso?).
Claro que sobre esa historia se ha tejido otra, la de la experiencia vivida de comparsas y regocijos, risas y colores. La historia de algo que “no se contempla, se vive en él, se vive la vida carnavalesca”, como apuntó Mijail Bajtin hace muchas décadas, al estudiar esta forma de expresión de la vida popular. El carnaval como contacto libre y protagonismo en la multitud. El agolpamiento, el goce; los cuerpos sudados que se aproximan, se acarician, se tocan. Los gestos, las risas. Los excesos y la burla a la autoridad.
Quedamos entonces en una disyuntiva. ¿Realmente queremos un feriado cuyo lugar en el calendario lo define la regulación católica del (poco) goce y el (mucho) castigo? A eso, yo digo que no. Pero si se trata de permitir la alegría sin jerarquías, invitar al baile colectivo y promover una interpelación blasfema, claro que sí, de acuerdo. Pero como en el dicho y el tango: que todo el año sea carnaval.

sábado, 9 de enero de 2010

Monos con navaja (o represores con visto bueno)

"Yo a mi policía la respaldo” (Daniel Scioli, motonauta, gobernador)

“Hay que darle más poder de fuego a la Bonaerense" (Carlos Stornelli, ministro de Seguridad provincial)

“…una jauría de hombres degenerados, un hampa de uniforme,
una delincuencia organizada que actúa en nombre de la ley”
(Rodolfo Walsh en Primera Plana, hace más de cuatro décadas)


Uno de los puntos oscuros del Código Contravencional pergeñado por el sciolismo es que se basa en la sospecha. No persigue a quienes cometen una falta, sino a quienes parecen hacerlo (por ahora dejamos de lado qué define como falta pero recordemos que festejar el carnaval, por ejemplo, sería objeto de sanción).
La tentativa se inscribe en lo que de un tiempo a esta parte, entre los penalistas críticos, se ha llamado derecho del enemigo: una barrabasada que aplasta todas las convenciones de derechos humanos habidas y por haber, aparecida en general con la excusa de perseguir al “terrorismo”, aunque en la práctica instituye mecanismos para reprimir el disenso social y la pobreza indócil. La idea es que el derecho penal del enemigo no persigue actos, sino actores. Personas. Ciudadanos. ¿Por qué? No por lo que hicieron, sino por lo que podrían haber hecho o harían quizás.
No es antojadizo inscribir al proyecto del Gobernador bonaerense en la línea de una acción punitiva basada en la sospecha. Por caso, la contravención definida inicialmente como “merodeo” no puede ser identificada sino por la subjetividad de quien aplica la norma. Todos andamos por la calle y rondamos inmuebles y cosas, pudiendo generar inquietud a particulares. Merodear es, en la lógica de nuestras sociedades, andar sin consumir. Merodear será, en una aplicación bonaerense de la ley, circular por el centro siendo morocho. Al fin y al cabo, se persiguen sujetos y no acciones.
Si obviáramos que, desde ya, operar sobre la sospecha rompe con la presunción constitucional de inocencia (¿se acuerdan? Aquello de "…hasta que se demuestre lo contrario"), la cosa se agrava si pensamos quiénes efectivizarán la norma. Prestando su aliento estará, seguramente, un coro de vecinos-bien temerosos de todo, que se enclaustraron en sus casas por miedo y ven mucha tele. Vale decir que una vez anunciado el proyecto –antes siquiera de que tuviese “estado legislativo”- se multiplicaron los llamados al 911 denunciando la presencia de “merodeadores”… Los medios desinforman bastante, claro está, y el común de la gente no tiene muy presente el asunto de la división de poderes (Sobre esa ignorancia –perdón la digresión- en los noventa el neoliberalismo logró instituir que los bancos centrales son poderes independientes y no instrumentos de política económica... ¡y parece que hasta Pino compró el verso!).
Volvamos. Si los medios comerciales y buena parte de la clase media (...media temerosa) animarán la respuesta represiva, la aplicación del Código estará en manos de la Policía. El ejercicio de aquella sospecha se resume entonces en la discreción policial. En su arbitrariedad. Todo el mundo es culpable si un cana lo cree así.
Es fácil imaginar cómo sigue la historia. Serán declarados contraventores: la trabajadora sexual que no pague la cuota por estar en la calle, el pibe que no afane para ellos, el fotógrafo que registre una feroz represión.
Mucho se ha dicho ya sobre la Bonaerense. Cabe repasar su accionar durante la última dictadura –cuya condena, con matices, está bastante extendida en la sociedad- o leer el libro de Carlos Dutil y Ricardo Patán Ragendorfer. Pero el asunto excede las épocas con nombre y apellido. Va más allá del aparato represivo de Camps o la maldita policía de Duhalde, de los que podemos hablar en tiempo pasado –y señalar, claro, su herencia al presente-. La policía, cualquier policía de estos tiempos, aún sin un Jefe como el que les restituyó Scioli, es una fuerza represiva y cada vez más corrupta que actúa en la sociedad administrando el delito. Eso, ni más ni menos. Cuando se trata de otra cosa, son incapaces. No encontraron a los Pomar donde era obvio. Como dice la Barcelona: son la policía de gatillo fácil y rastrillo difícil.
Si la complicidad –si no el protagonismo- de la policía en la criminalidad cotidiana no era evidente para todos, en las últimas semanas hemos tenido una evidencia tras otra.
El mismo ministro Stornelli, que anunció el Código como una herramienta para que “la Policía recupere las calles”, terminó haciendo –con más prensa que impuso real- una denuncia sobre la relación entre policías y desarmaderos.
Y hubo más en las noticias de las últimas jornadas. Ayer, por ejemplo, fueron violentamente reprimidos amigos de Ezequiel Heredia. Participaban de una pequeña movilización que reclamaba justicia frente a la Gobernación. Ezequiel tenía 18 años y fue asesinado hace un mes en Barrio Hipódromo con el disparo del arma reglamentaria de un policía.
También en estos días se supo que deberá declarar ante la justicia el médico policial retirado Carlos Falcone, en la causa por la desaparición de Jorge Julio López. En su domicilio hallaron el auto que habría sido utilizado para el secuestro. Estaba en la agenda del genocida Miguel Etchecolatz –segundo de Camps en la Bonaerense de la dictadura, contra quien López aportó pruebas- y lo había visitado poco días antes de que desapareciera el testigo.
Qué decir del robo ocurrido el 30 de diciembre en la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia, un brazo estatal que intenta ejercer algún control sobre las fuerzas represivas. El principal acusado resultó ser un Policía, Juan Mateos (Dicho sea de paso, el mismo 30 fueron despedidos algunos civiles que intervenían en auditorías de Asuntos Internos de la Bonaerense. Uno de ellos era quien promovió un sumario contra Mateos).
Con todo, no es difícil advertir que la aprobación del Código Contravencional sería como darle una navaja a un mono, expresado con algo de ingenuidad. En rigor, es mucho más. Es declarar vía libre al abuso, legitimar la detenciones “por portación de rostro” y darle una palmadita en la espalda a quienes torturan y matan financiados por el Estado.
A esta altura del partido, los legisladores lo saben bien. Quizá, de hecho, el problema es que muchos lo saben demasiado bien, por razones de pertenencia: representan armados políticos que precisamente se sostienen con la caja negra producida por aquella policía que “ordena” los delitos y las contravenciones. Habrá indecisos, seguro, y muchas presiones. Y en alguna medida pesará, sin duda, la movilización que haya afuera.
A esta altura del partido, agreguemos, los ciudadanos de a pie también sabemos qué significa darle de más poder a la Policía. Lo que queda entonces es una pregunta: si queremos ser cómplices, o intentaremos frenar la ola arrolladora que verdaderamente nos pone en peligro: la represiva.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Elogio a los muñecos

En esto siempre fui poco platense: nunca me gustaron mucho los muñecos. Quizá sea por el gesto de hacer algo para quemarlo –aunque sí me agradan otras expresiones de arte efímero–, o bien por el ruido y la pirotecnia, que nunca se fomentó en mi familia ni me atrajo.
Los últimos cuatro o cinco fines de año los pasé fuera de La Plata, así que ni los vi. Sólo una vez participé del armado de uno, con amigos de Bernal. Quemamos a Samanta Farjat. Era plena temporada post jarrón de Cóppola, cuando nacían los mediáticos en la tele basura.
Esta vez hay algo que me atrae de los muñecos. Y no hablo de ninguno en particular: no es la estética ni son los motivos representados los que me convocan al elogio, sino la práctica.
La práctica de lo colectivo ante todo, en una época de desencuentros y retóricas del individualismo. El ejercicio de distribuir tareas, poner el cuerpo y compartir en un grupo que va más allá de la familia y a menudo es inter-generacional.
También, por qué no, la hazaña de proyectar y construir algo con las propias manos, en tiempos de pérdida de ciertos saberes populares, decadencia de la educación técnica y promoción de un ultra-consumo que multiplica los productos inútiles pero automáticos. Por último, sin ninguna duda, la decisión de ocupar la vereda, la rambla, la calle. Algo que se hizo siempre, pero se ha vuelto provocativo como nunca.
No lo era en los orígenes del ritual, allá por los años 50, cuando los espacios públicos se vivían de otro modo, y también los lazos comunitarios: los primeros momos, de hecho, fueron iniciativa de vecinos agrupados en clubes sociales y deportivos.
Hoy vivimos en ciudades de inseguridad televisada; de rejas, cámaras y vecinos en alerta que se relacionan desde la sospecha; de incluidos con miedo (a los excluidos) que, con voces de autoridad o silencios que otorgan, piden más y más medidas represivas.
En ese contexto, el hecho de que haya pibes en la calle aunque no estén yendo al colegio ni al trabajo, que estén juntos, que permanezcan de día y de noche, se vuelve una elogiable provocación.
Porque si juzgáramos esta tradición con la última iniciativa del programa político de la intolerancia, centenares de platenses deberían pagar multas o ir a prisión por el cúmulo de faltas cometidas. Pensémoslo un poco: los chicos piden monedas; los muñecos obstruyen el paso y a veces tienen palabras o imágenes que, según un juicio subjetivo, pueden ofender la decencia. Se toma alcohol en la vía pública. Y en la madrugada del primer día del año, los vecinos se reúnen tumultuosamente, mientras se producen ruidos de cualquier especie que afectan la tranquilidad de la población.
Todas y cada una de esas acciones son penadas en el Código Contravencional que redactaron los “equipos de gestión” del gobernador Scioli. Dicho sea de paso, esa propuesta tiene estado legislativo y, si la movilización social no la frena, podría ser aprobada en marzo. Tengamos esto presente si empezamos el año contemplando un muñeco que arde en llamas. Quizá la luz del fuego, los pies puestos en la calle y el encuentro con amigos en el espacio público, nos ayuden a reflexionar sobre lo que aparece como ataque contra la inseguridad y lo es, en verdad, contra algunas de las libertades más básicas.

IMAGEN "Sapodragón", muñeco realizado por el grupo
La Grieta y amigos, Meridiano V, fin de 2008


martes, 29 de diciembre de 2009

Merodeo

"Serán sancionados con multa de hasta cinco Unidades de Multa (5 UM) o arresto hasta cinco (5) días, los que merodearen edificios o vehículos, establecimientos agrícolas, ganaderos, forestales o mineros, o permanecieran en las inmediaciones de ellos en actitud sospechosa, sin una razón atendible, según las circunstancias del caso, o provocando intranquilidad entre sus propietarios, moradores, transeœntes o vecinos" (Artículo 85 del Código de Faltas de la Provincia de Córdoba, vigente)

"Será sancionado con multa entre uno (1) y cinco (5) sueldos de Oficial de Policía de la Provincia de Buenos Aires el que merodeare o permaneciere sin causa justificada en las inmediaciones de un inmueble, de un vehículo o de un establecimiento de cualquier naturaleza en forma susceptible de causar alarma o inquietud a sus propietarios, ocupantes, encargados, vecinos o transeúntes, todo ello mediando requerimiento o denuncia de parte" (artículo 65 del proyecto de Código Contravencional promovido por el Gobernador Scioli)


merodear.
(De merode).

1. Vagar por las inmediaciones de algún lugar, en general con malos fines.

2. Dicho de una persona: Vagar por el campo viviendo de lo que coge o roba.

3. Term. política represiva (países capitalistas). Andar sin consumir.

4. Pol. bonaerense. Acción de caminar por el centro siendo morochito.


Conjugación. Ejemplo:
Presente del indicativo

Yo no merodeo
Tu no merodeas /vos no merodeás
Mamá no merodea
Nosotros no merodeamos
Vosotros no merodeáis
Los jóvenes pobres merodean, generan sospecha
y la policía los muele a palos.


DIBUJO PAULA GIORGI, Ilustración de "El derecho a tener derechos.
Manual de Drechos Humanos para Organizaciones Sociales"


lunes, 28 de diciembre de 2009

La clase imbécil

“Sos un imbécil que a los chicos culpás de la pobreza y la mugre que hay
Que nunca te echen, rogale a tu Dios, porque en el culo te pondrás ese auto
No quiero que me limpien el parabrisas porque está limpio y lo van a ensuciar
No quiero que me pasen esa estampita, de alguna iglesia la habrán ido a robar”
(León Gieco, El Imbécil)

Nunca me cierran del todo las notas de opinión que vilipendian a la clase media argentina, aunque me agradan: son provocativas. Pienso en muchas escritas y leídas en los últimos años. Suele publicarlas Página/12, un diario de la clase media. Suelen tener la firma de Sandra Russo, al menos las que uno recuerda que más o menos dan en el clavo. Solemos recibirlas y reenviarlas por mail, nosotros, que somos de clase media, a nuestros amigos de clase media. Hasta que alguno dice, con mucha razón, que no se puede generalizar, que no se explica el país haciendo caricaturas de un sector social, que hay que pensar más al peronismo y otras cosas bien ciertas.
Admito esa complejidad; asumo todas las excepciones. Pero por una vez, por este post, pido permiso para generalizar en mi percepción: la clase media está cada vez más imbécil.

Digamos "los sectores medios" de la sociedad. Pienso en aquellos que no están en la cima del poder pero que tampoco están afuera del sistema: tienen para comer, pueden ir a la Universidad y, si de bienes se trata, aunque no mucho, tienen algo que perder. Por eso los altera el discurso de la inseguridad. Los que ven mucha tele están insufribles: no quieren saber nada con los “menores” [dícese de los chicos que nacieron en los bordes, quizá en la tercera o cuarta generación de una familia sin trabajo estable; pibes que terminan robando para sostener la vida que les tocó y drogándose para aguantarla] y están convencidos de que la delincuencia es el principal problema del país. Bajarían la edad de imputabilidad hasta la primera infancia si es necesario porque, como dijo alguien por ahí, “cuando un chico tienen un arma en la mano deja de ser un chico” (¿no había dejado de serlo antes?).

El asunto es que están cada vez más imbéciles
, como dice la canción de León. Y no estoy pensando en las ideas sobre la edad de imputabilidad. A eso también me opongo y escribí argumentos en otra oportunidad, pero al menos -admito- tiene su lógica. Perversa, pero lógica al fin: eligen encerrar, torturar y si fuera necesario matar a los que quedaron afuera, en lugar de proyectar un país donde quepamos todos... Como los blancos que defendieron la esclavitud de los negros, como los criollos que consiguieron hectáreas y poder masacrando poblaciones indígenas, como los nazis con los judíos: sus discursos legitimadores –por caso, las falacias sobre las razas inferiores- sostenían acciones que no podían perjudicarlos. El reprimido era otro.

Ahora la cosa se les fue de mambo. Como –dicen– ya no se puede andar en la calle, muchos están dispuestos a clausurar el espacio público. Incluso contra sí mismos.
Ciertamente, no cabía esperar otro punto de llegada para la opción represiva, pues es una "salida" que no soluciona el problema. Lo reprime, literalmente; lo corre, lo tira debajo de la alfombra. Pero siempre vuelve a aparecer. Con más fuerza. Y la rueda sigue. Como las cárceles y comisarías no alcanzan, quienes tienen algo para perder terminan construyendo sus propios encierros. Ponen rejas o se recluyen en countrys. Tampoco alcanza: aún así, tienen miedo. Entonces piden más. Nunca falta un gobernador de mano dura que ofrece más. El actual, por ejemplo, ofrece tranquilidad con un Código Contravencional. Y la clase media –si vale el ejercicio de generalizar- escucha por la tele, calla, y otorga.

Apenas unos centenares de ciudadanos, cuanto mucho, se han movilizado contra la ley promovida por Scioli para regular los comportamientos de los bonaerenses. El resto, sí la promesa es seguridad, pareciera dispuesto a apoyar cualquier cosa. Incluso una ley que puede aplicarse contra sí mismos. Contra sus chicos que están ahí afuera, armando el muñeco. Contra sus despedidas de solteros. Contra las costumbres que mantienen y contra las que añoran, que los hacen llorar de nostalgia cuando ven películas como Luna de Avellaneda.
Psicología para principiantes: el miedo clausura la razón. Así, con miedo, parece que muchos se han vuelto sinceramente imbéciles.

Las personas que me rodean son, en su gran mayoría, de clase media. Imagino lo mismo de los lectores de este blog (imagino, de hecho, que la mayoría de ellos son las personas que me
rodean). Por eso escribo estas líneas, que empiezan con una provocación y terminan con una invitación.
Con algunos amigos hemos percibido que, salvo entre un puñado de universitarios movilizados, se habla poco del proyecto de Scioli. Y después de alguna discusión inesperada, pienso que hay un silencio que otorga. Humildemente, entonces, dedicaré los próximos días de este blog a blasfemar contra el proyecto del Ejecutivo bonaerense.

Los invito a leerlo, a pensarlo, a discutirlo. Y luego, claro, a actuar contra él. Por suerte, una mínima movilización logró que lo patearan para marzo. Volverán sobre él cuando estemos distraídos. O cuando maten a un empresario de San Isidro y el autor quizá haya sido un pibe y quizá había estado merodeado antes y, ay, si la Policía hubiera podido actuar.
Habrá que argumentar contra el proyecto mientras exista. Tenemos que resistirlo. Más allá de largos comunicados. Elaborar argumentos para el taxista, para la almacenera y para los vecinos temerosos. Tenerlos a mano siempre, para desmontar el discurso de ese imbécil que parieron la dictadura y el noventoso “sálvese quién pueda”, y que procrea por miles la cultura del miedo. Y militarlos colectivamente, con alegría, con todos los lenguajes posibles.

Resistamos, justamente, con lo que quieren prohibirnos: juntos y en la calle. Quememos los muñecos de fin de año pensando en el Código. Brindemos y bailemos en la vía pública. Después, festejemos el Carnaval. Paseemos por la calle sin explicar a dónde vamos; o mejor, sin saberlo. Saquemos la silla a la vereda. De lo contrario, ya no tendremos nada. Y no me vengan con el verso de la inseguridad y ocho cuartos. Si la vida que quieren y aceptan es la que regula este Código, no me cuenten en el brindis.


Imagen tomada de El ojo crítico

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Carta a Papa Noel

Estimado Papá Noel:
Te escribo tarde, lo sé. No lo hice antes por atolondrado; por hacer razonamientos a las apuradas. Agobiado por las noticias, pensé que aunque te escribiera no me ibas a traer nada –siempre me dijeron que para recibir regalos hay portarse bien.
Ahora me entró una duda y quiero sacármela. Tiene que ver con tus opciones ideológicas. Ya sé que en las fiestas no se habla de política, pero necesito saberlo. Después de todo, tiene que ver con el regalo...
No sé bien cómo preguntarlo. Quisiera saber, digamos, qué relación tenés con el gobernador de la Provincia de Buenos Aires. No digo si son amigos; me refiero a cómo te cae, si compartís sus ideas, si pensás más o menos parecido.
Te lo pregunto porque hace poco este hombre, Daniel Scioli, empezó a promover un proyecto de ley para regular las conductas de los bonaerenses: un nuevo Código Contravencional, para decirlo con palabras legales. Y lo cierto es que, si juzgamos con esa vara, este año me porté muy mal.
Quiero ser sincero. Estuve en una recibida. Nada del otro mundo: tijereteamos un poco de ropa vieja sin llegar al exhibicionismo, tiramos un par de huevos… Nada que el festejado no aceptara. Pero eso -según el artículo 40 del proyecto- es una contravención. Ah: éramos varios. Y hacer cosas en grupo, aunque resulte curioso, parece que es un agravante.
Ya ves. Tenía pensado qué pedirte, pero con esto del nuevo código, me quedé en el molde.
No quería ponerte en el compromiso de contestar o dejar una notita que dijera que no lo merecía. Porque también hubo algún picadito en la plaza y otras cosas…
Participé de la Muestra Ambulante. La disfruté muchísimo: la gente se encontraba en las calles del barrio, había arte en los comercios y también en las casas de los vecinos que abrieron sus garajes. Fue una gran intervención social y artística, durante dos semanas. Pero claro: juzgada con la vara de Scioli, es una monstruosa suma de contravenciones. Alguna tarde se interrumpió el tránsito (art. 50), hicieron estampas en paredes (art. 56 de la primera versión), se vendió alcohol que quizá embriagó a alguien (art. 72) y, claro, al fin y al cabo, todo era una invitación a la deriva. Uno podrá tener muchos argumentos artísticos pero la policía no se fija en esos detalles. Seguro es una contravención. Andábamomos merodeando, dirán (art. 65 p.v.). Y algunas noches nos reunimos “tumultuosamente” (art. 75 p.v.).
Así es la cosa. Cuando supe del Código Contravencional guardé todas mis expectativas. Me dije: el pantalón me lo compro yo, el CD lo pido prestado, y en la parrilla me sigo arreglando con lo que tengo. Ni el año que viene te iba a pedir, mirá, de tanta falta acumulada.
Pero ahora me entró la duda... ¿Vos pensás igual sobre esto? Capaz fueron mis prejuicios, de tanto asociarte a la coca-cola y ver que siempre le traés mucho a los ricos y poquito a los pobres. Pero la duda tiene sentido.
Después de todo, no sé si por la chimenea o con una ganzúa, te la pasás violando la propiedad privada. Y además… esa pinta. Con el gorrito y la cara tapada con la barba, debo decir, vos también sos un contraventor (art. 75).
Ahí me cayó la ficha. ¿Cómo vas a estar con este proyecto, si te la pasarías en cana o pagando multas? Ahora es tarde. Ya sé, no vas a tener tiempo de comprar regalos ni nada. Ningún problema. A esta altura, me alcanza que me acompañes en el deseo de frenar esta avanzada represiva. No imagino mejor regalo para estas fiestas: saber que podremos seguir habitando las calles y las plazas en libertad.
Felicidades.
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